Con esta entrada, finalizamos en apartado de recursos de escritura creativa. En espera de que esta teoría te permita adentrarte en el mundo de la escritura dándote cuenta de que la creatividad no tiene límites y que no todo está escrito aún.

Cuando se escribe, las palabras no llevan timbre, ni tono, ni pausas artificiales, ni volumen, ni ningún otro tipo de inflexión. Todos esos son elementos de la oralidad, no de la escritura. Algunos aprendices de escritores pretenden resaltar o dar relieve a determinadas partes de sus textos utilizando con profusión los signos de admiración, de interrogación, las mayúsculas, los puntos suspensivos, la letra negrita y hasta los cambios de tipo de letra y cuerpo. Esos son recursos falsos, torpes y que, por si fuera poco, jamás consiguen el objetivo que se les ha encomendado.

Para resaltar o cambiar las intenciones de una frase, se deben utilizar las matizaciones que tiene la propia lengua (adverbios, adjetivos, oraciones compuestas, uso adecuado del vocabulario, cambio de orden en la sucesión de las palabras, metáforas, etc.). Como ejemplo, los noventa y nueve Ejercicios de estilo de Raymond Queneau. Ése sería el paralelo más exacto de los ejercicios actorales de Stanislavski. Uno puede contar la misma historia de cien, de mil maneras diferentes. Debemos ejercitarnos en diversos tonos narrativos, porque cada personaje debe tener el suyo, debe tener su idiolecto, su habla particular, su manera de ver el mundo, su ideología, y no debe coincidir necesariamente con la del narrador, ni con la del verdadero autor del libro, con el escritor. Hay actores que no saben hacer más que un papel, un único personaje, que habla y se comporta de manera sospechosamente parecida a la del actor en su vida privada. Son actores sin método, sin flexibilidad, sin ductilidad. Y hay escritores que parecen estar escribiendo siempre el mismo libro, con los mismos personajes —que se parecen todos entre sí como gotas de agua gemelas—, parecidos al narrador y a sí mismo. Escritores de un sólo libro (repetido cuantas veces se quiera), monotemáticos y encorsetados. Se parecen más a los loros que a los escritores.

Una historia se puede contar de mil maneras, es verdad; pero una historia que importa, una historia auténtica (literariamente hablando), sólo tiene un tono apropiado, que debe surgir del interior de la propia historia, y hay que encontrarlo. A veces se tarda años (como le pasó a García Márquez hasta que escribió Cien años de soledad), pero hay que buscarlo.

A veces el tono de un escrito puede ser formal, como el lenguaje administrativo o el de las leyes. Otras veces puede ser coloquial, imitando el habla que se usa en familia o entre amigos. O científico, donde se trata de comunicar unos datos objetivos a partir de investigaciones realizadas. O poético, dejándonos llevar por la música de las palabras. Hay muchos, pero lo que está claro es que cada texto requiere un tono determinado. No podemos escribir una demanda judicial en tono poético, ni una declaración de amor en tono formal/administrativo, a no ser que tengamos intenciones humorísticas.

Pero para encontrar un tono adecuado a una historia, primero debemos ser capaces de utilizar diferentes tonos expresivos. Ese es el objetivo de este capítulo. Lo normal es que estemos habituados a un único registro en la escritura (coloquial o formal), pero debemos de ser capaces de distinguir y emitir un mismo mensaje con distintas intenciones. Por ejemplo, si yo quisiera escribir con diferentes tonos la frase “Emilio come demasiado”, podría hacerlo del siguiente modo: Coloquial: Emilio es un comilón. Intelectual: Emilio es gourmet insaciable. Formal: Emilio ingiere un exceso de alimentos. Despreciativo: Emilio acabará como una bola de sebo. Inseguro: Me parece que Emilio tiene buen apetito. Competitivo: Emilio es el que más come. Cursi: La voracidad de Emilio es desmesurada. Técnico: La ingesta de Emilio sobrepasa sus necesidades calóricas.

 

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